La XVIII Semana de Cine de Melilla clausura su mayoría de edad reivindicando «la revolución de la bondad»
La XVIII Semana de Cine de Melilla bajó este sábado el telón de su mayoría de edad con una gala de clausura donde el cine terminó mezclándose con algo mucho más amplio: la emoción, la memoria, la música y una reivindicación constante de la empatía en tiempos convulsos. El Teatro Kursaal acogió una ceremonia que transitó entre el homenaje y la reflexión, entre la cercanía y la celebración colectiva, reuniendo sobre el escenario a seis intérpretes del panorama nacional e internacional en una noche marcada por los discursos sinceros, las ovaciones prolongadas y una idea repetida en distintos momentos de la velada: la necesidad de impulsar una “revolución de la bondad”.
Pero antes de que las luces del Kursaal se encendieran y el patio de butacas comenzara a llenarse de asistentes, la jornada había comenzado de manera muy distinta, casi íntima. La Sala Fando y Lis acogió un encuentro cercano entre los homenajeados y el público, un espacio donde las distancias desaparecieron para dejar paso a una conversación abierta, honesta y profundamente humana.
La charla, conducida por Luis Alegre, arrancó inevitablemente con la figura de José Sacristán, referencia constante durante toda la jornada y nombre del galardón que este año recibió Pedro Casablanc. Alegre recordó la profunda relación del actor madrileño con Melilla, una ciudad que el propio Sacristán siempre definió como uno de los lugares más importantes de su vida. Durante su estancia en la ciudad realizando el servicio militar, explicó, encontró aquí un espacio decisivo a nivel personal y emocional, vinculado además a sus primeras inquietudes culturales y literarias. Aquella conexión con Melilla terminó siendo tan significativa que años después el festival decidió bautizar uno de sus premios con su nombre.
Sentados junto a Pedro Casablanc estaban también Alberto Ammann, Fele Martínez, Álex García, Ángela Cervantes y Miki Esparbé. A partir de ahí, la conversación comenzó a avanzar de manera natural hacia cuestiones mucho más profundas. El paso del tiempo en la interpretación, el desgaste emocional que acompaña al oficio, la dificultad de convivir con la inseguridad constante o la necesidad de seguir encontrando verdad en cada personaje fueron algunos de los temas que aparecieron durante un encuentro donde las respuestas parecían construirse más desde la experiencia vital que desde cualquier discurso aprendido.
La conversación se movía continuamente entre la reflexión y la anécdota, entre momentos de humor y confesiones cargadas de sinceridad. Se habló del miedo al fracaso, de la presión autoimpuesta, de la dificultad de separar la profesión de la vida personal y también de cómo cambia la relación con el oficio a medida que pasan los años. En varios momentos apareció una misma sensación compartida: la interpretación puede convertirse al mismo tiempo en refugio y desgaste, en impulso vital y también en agotamiento emocional. Algunos defendían la necesidad de seguir trabajando hasta el final; otros reconocían que el trabajo, a veces, termina alejando de aquello que da sentido a la vida cotidiana.
También hubo espacio para hablar del ego, de los directores, de la búsqueda constante de validación y de la necesidad de aprender a convivir con las propias limitaciones. Entre risas, ejemplos y recuerdos de rodajes, la conversación terminó dibujando una imagen muy distinta de la que normalmente proyectan los focos: la de intérpretes atravesados por dudas, inseguridades y contradicciones, pero profundamente enamorados de las historias que cuentan. El ambiente terminó adquiriendo una cercanía impropia de un encuentro público, como si el espectador hubiese sido invitado durante una hora a sentarse en medio de una conversación privada entre compañeros de profesión.
Pero el reloj obligaba a detener aquella intimidad. Mientras la Sala Fando y Lis dejaba espacio para la reflexión pausada, el Teatro Kursaal comenzaba ya a transformarse en el otro gran escenario de la noche.
Poco a poco, el patio de butacas fue llenándose de asistentes y también de expectación. Técnicos cruzando el escenario para probar sonido, artistas ocupando discretamente sus asientos, conversaciones apagándose lentamente mientras la iluminación se concentraba sobre un escenario prácticamente desnudo: un atril, una silla y un micrófono. Lo justo para sostener una gala que encontró precisamente en la sencillez buena parte de su fuerza.
Eva Rubio y Daniel Arias fueron los encargados de conducir una ceremonia que apostó desde el principio por un tono cercano y ligero. “La Semana de Cine ya no es joven, tiene criterio”, bromearon aludiendo a la mayoría de edad del certamen, antes de pedir entre risas que los discursos fueran breves. La comicidad terminó apareciendo durante toda la gala gracias a las conexiones recurrentes con un supuesto “salón de agradecimientos” instalado en el aparcamiento del Kursaal, donde un ficticio Imanol Arias aparecía atrapado en un discurso interminable que servía como contrapunto humorístico de la noche.
Uno de los primeros reconocimientos llegó con la primera edición de ‘Cine en tu bolsillo’, concurso impulsado para jóvenes menores de 30 años. La ganadora, una joven melillense, agradeció emocionada el respaldo recibido para desarrollar proyectos audiovisuales inspirados en la diversidad cultural de la ciudad. Durante su intervención dedicó el premio especialmente a su madre, a su pareja y a su prima, además de animar al público a visualizar los cortometrajes participantes.
